Alice se vino a España a vivir desde frío norteño de Europa para disfrutar del buen clima y crear su propia empresa. Ya había estado en el país antes, de Erasmus, por lo que había catado la fiesta lo suficiente. En cualquier caso ahora su puesto le exigía bastante dedicación, nada comparado con la ilusión de abrir un nuevo mercado para su empresa en la pujante España.

Conocía la locura de horarios que se gasta en la piel de toro sólo que anteriormente lo había disfrutado. Ahora le tocaba sufrirlo: jornadas maratonianas porque era imposible acortar la hora de la comida y su sobremesa, salidas intempestivas a cerrar reuniones y acuerdos con mesa, mantel y copas. Y acostarse tarde para, aún así, levantarse pronto con lo que su fino sentido de dormir las horas necesarias empezó a resentirse junto a su humor, alegría e ilusión.

Quizá lo peor era que cuando proponía racionalizar esas u otras cosas sus interlocutores, fueran mujeres u hombres, le miraban como si estuviera loca o simplemente fuese una estranjera, sinónimo de rara en puro argot hispanicus.

Sin embargo, todo eso era relativamente asumible ya que todo tiene sus pros y sus contras, las gallinas que entran por las que van saliendo. Lo que acabó de hundirle la moral y le decidió a irse de vuelta fue cuando se acostumbró a que existían dos tipos de cosas: las que tienen IVA y las que no.

Podía soportar que la tomaran por rarita pero no aguantó más al sentirse como la única tonta del país que pagaba todo con IVA y encima le inspeccionaban de arriba a abajo. A la funcionaria que concienzudamente, eso sí, revisó cuatro años de declaraciones y papeles no le gustó nada irse sin nada que rascar jurándose a si misma que volverían a verse.

Antes de irse y como buena inquilina contrató a un pintor para que adecentara la casa, ni le pidió factura ni le pagó más que un pequeño adelanto. Alice abonó por la segunda maleta sin protestar, tomó un avión tras un considerable retraso y se despidió de España sintiéndose, empero, más española que nunca: defraudando y dejando deudas.

Nadie se dió cuenta que sonreía.

Hoja de ruta contra la economía sumergida