barril1.jpgEl petróleo ha dado saltos apreciativos en su precio desde hace tres décadas como siguiendo una partitura escrita previamente. En el principio de los años 70 del siglo pasado dio un primer estirón que afectó mucho a una economía basada en el uso intensivo de la energía por parte del sector industrial. Poco a poco los incrementos del coste de este producto no han resultado tan dañinas para el funcionamiento general de la economía aunque ha subido mucho y lo seguirá haciendo (me da por acordarme de afirmaciones tontas por parte de algún-alguna ignorante prometiendo abaratamiento del “oro negro” con motivo de una guerra en un país de grandes reservas petrolíferas y se me revuelven las tripas).

La capacidad de las industrias para adaptarse al coste primario de la energía tiene, sin embargo, su reflejo en la rápida traslación a los precios. Es decir, gran parte de la factura petrolera la pagan los consumidores lo cual eleva las presiones inflacionistas y eso influye en el precio del dinero, el tipo de interés en definitiva.

Por otro lado, los países productores reciben su factura petrolera en dólares cuando cada vez más compran en euros cuyo valor está ahora mismo por encima del billete verde. Esto significa que los ofertores tienen dos alternativas: producir más, teniendo en cuenta que a más oferta menos precio, o que su producto valga más. Evidentemente la primera vía tiene poca salida mientras que la presión de la demanda de las potencias emergentes, la especulación inherente a un valor refugio y más de una disfunción de los mercados permite que con los mismos niveles de producción se consiga más recaudación.

En cuanto a las economías desprovistas de recursos petrolíferos se puede decir que sufren problemas de inflación por las razones expuestas y aquí es donde llegamos a la encrucijada. ¿Hay que optar por controlar la variación de los precios subiendo los tipos de interés que, a su vez, motivarán la apreciación de sus divisas y el desequilibrio de sus balanzas de pagos comprometiendo el crecimiento?. ¿Deben los Bancos Centrales aguantar la situación flexibilizando los objetivos de inflación hasta que la tormenta actual de crédito hipotecario pase?.

Una decisión contempla el largo plazo pero tiene costes en forma de menor crecimiento, la otra alude a una visión de más corta trayectoria pero quizá más necesaria. Prueba de fuego para la independencia del Banco Central Europeo. Veremos.