La opinión pública suele estar dividida en asuntos judiciales relacionados con las demandas a las grandes corporaciones farmacéuticas.

Empresas internacionales que mantienen en el mercado productos que los análisis clínicos y su uso demuestran, a posteriori, que, si no son nocivos en todos los casos, sí son lo suficientemente peligrosos como para sacarlos fuera del mercado de la salud.

El público se queja, creo que, con razón o sin ella. De los supuestos manejos de las farmacéuticas con la salud ajena. Pero también de la judicialización de las peleas de estas corporaciones por sus cuotas de mercado.

La prensa lo ha aireado en muchas ocasiones. Medicamentos que causan males mayores o medicamentos que sobresaturan el mercado, sin que representen avance alguno sobre las enfermedades o las dolencias que deben combatir.

Un dato. El 90% de las patentes farmacéuticas del último año, se orientaba a solucionar las enfermedades propias del primer mundo, el 5% estaban relacionadas con la malaria y otras afecciones del tercer mundo.

Algunas patologías se combaten en occidente con medicamentos de los que existe hasta 300 fórmulas muy similares. Sólo cambia algo de su formulación y el nombre de la medicina, sólo éso.

El público ve ese negocio cuando va a la farmacia y se duele por ello. Y saca sus conclusiones.

En un entorno como éste, la judicialización de las reclamaciones por perjuicios afectan a los seguros contratados previamente para avalar los daños futuros.

La judicialización se transforma, por tanto, en criterios económicos sobre la respuesta monetaria de las aseguradoras.

Comento todo ésto, porque también, se producen casos verdaderamente sangrantes, que están fuera de estos esquemas de especulación económica.

Leo, por ejemplo, los efectos provocados por un medicamento envasado para luchar contra algunas variedades de diabetes llamado Avandia, que ha estado durante toda una década en las estanterías de las farmacias y se ha dispensado con toda normalidad.

Bien, pues ahora resulta que el Avandia produce efectos secundarios que afectan al corazón y al hígado de la persona que lo consume. La diabetes no progresa, pero el paciente muere de un infarto. Inadmisible.

Las reclamaciones en Estados Unidos contra la firma que comercializa el Avandia, GlaxoSmithKline, ya ha recibido una tormenta de demandas en las que se le piden daños y perjuicios por los efectos no deseados de su medicamento.

Hasta donde yo sé, en Estados Unidos, ya habían resuelto compensaciones económicas para 13.000 personas antes de celebrarse el primer juicio.

La judicialización excesiva de las reclamaciones por daños farmacéuticos es una carga para las aseguradoras y para la credibilidad del sistema de salud. Pero, también entiendo que el caso de Avandia no puede quedar impune.