aeat.jpegDespués de las últimas experiencias con la Agencia Tributaria estaba a punto de justificar ciertas conductas pero una ducha fría me ha serenado un poco los ánimos y debemos ser responsables de nuestras palabras aunque me reserve los silencios y los pensamientos, de los que soy dueño en exclusiva.

La mitad de los españoles considera que la otra mitad defrauda y además lo considera, hasta cierto punto, lícito. Mal asunto que demuestra que los mensajes publicitarios (Hacienda somos todos) llegan hasta donde llegan por mucho que los magos del marketing se empeñan en lo contrario y cobren por ello.

Quizá no sólo sea porque defraudar a menudo sale barato sino que además hay actitudes inherentes a la condición humana (el pecado se esconde en la casa de al lado pero no en la propia) y cierto desapego hacia la Administración, en general, y hacia la labor de los funcionarios tributarios, en particular.

Se conjugan en esta falta de empatía varios factores: la frialdad del procedimiento, su falta de comprensión hacia los pequeños fallos, la burocracia y que se tiende a situar en un plano superior a la Administración subestimando al contribuyente.

Frente a esto poco se puede hacer a corto plazo salvo redefinir el servicio fiscal y tributario para que esté al servicio del ciudadano y no como una máquina de recaudar. Utópico… me temo que sí.

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