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En el programa «Madrileños por el mundo» de TeleMadrid suelen visitar lugares curiosos habitados por emigrantes no menos interesantes. Muchos de ellos han prosperado fuera de nuestras fronteras en lugares tan remotos como Qatar al calor de ciertas relaciones institucionales, bien es cierto, pero también para eso hace falta talento.

El empresario español protagonista en parte de ese episodio había conseguido escalar en la economía del país teniendo dos empresas una de ellas dedicada a fabricar bolsas de plástico gracias a la abundancia de la materia prima. Llegado cierto momento, el reportero le pregunta al joven empresario cuánto ganan los trabajadores filipinos de la planta de plásticos. Tras una risa entre forzada y nerviosa, el madrileño confiesa que unos 200 euros gastos incluidos pero que en su país ganaban diez.

Daba la sensación de que los empleados estaban mejor pagados simplemente porque se cometieron dos errores de interpretación. Uno es no poner en perspectiva el salario con el nivel de vida ya que es posible que aunque ganen 10 veces más pueden tener menos riqueza si los precios en Qatar son relativamente más caros.

El otro fallo proviene de que a menudo hay que formular las preguntas adecuadas. Lo relevante es cuánto gana la empresa con el trabajo del asalariado puesto que las retribuciones deben corresponderse con la productividad y esa es la cuestión por la que el periodista debería haber interpelado.

No podemos pedirle a un periodista que pregunte como un economista pero sí podrían hacerlo, por ejemplo, esa mezcla de periodista-economista que tanto abunda en la prensa llamada salmón. Y también pierden fuerza las afirmaciones de quienes desde una posición millonaria estiman que debe prescindirse de personas cuya productividad puede llegar a ser superior.

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Hacer la pregunta correcta suele ser mejor que encontrar la respuesta más conveniente.