The Economist ha vuelto a poner el foco sobre una de las grandes debilidades estratégicas de Europa: su dificultad para convertir su ambición regulatoria en poder tecnológico e industrial real. En un artículo publicado esta semana, la revista británica sostiene que la dependencia europea respecto a las empresas estadounidenses no se explica solo por el talento o el capital, sino también por décadas de sobrerregulación que habrían frenado la capacidad de las firmas europeas para competir a escala global.
La crítica no es nueva, pero sí llega en un momento especialmente delicado. La Inteligencia Artificial está acelerando la pugna por la infraestructura, los chips, la computación y los modelos fundacionales, mientras la Unión Europea intenta consolidar su papel con una combinación de normas, fondos públicos y proyectos industriales. El problema para Bruselas no es tanto que no tenga estrategia, sino que todavía no ha demostrado que esa estrategia baste para cerrar la distancia con Estados Unidos y China.
El núcleo de la crítica: regular no equivale a liderar
La tesis de The Economist toca una fibra sensible en Bruselas porque conecta con un diagnóstico que ya había formulado el informe de Mario Draghi sobre competitividad europea. Ese documento advertía de que la posición de Europa en las tecnologías avanzadas se está deteriorando: de 2013 a 2023, la cuota europea de ingresos tecnológicos globales cayó del 22 % al 18 %, mientras la de Estados Unidos subió del 30 % al 38 %. El mismo informe añade que solo cuatro de las 50 mayores empresas tecnológicas del mundo son europeas.

Ese dato explica buena parte del malestar. La UE ha logrado influencia normativa real con instrumentos como el AI Act, que entró en vigor el 1 de agosto de 2024 y cuya aplicación plena está prevista para el 2 de agosto de 2026, con distintas fases intermedias para modelos de propósito general, sistemas prohibidos y obligaciones de transparencia. Bruselas puede marcar estándares y condicionar cómo se despliegan ciertos sistemas en su mercado, pero ese poder regulatorio no se traduce automáticamente en liderazgo industrial.
Ahí está el centro del debate. Europa ha construido capacidad para supervisar, sancionar y ordenar, pero sigue dependiendo en gran medida de infraestructuras, nubes, modelos, chips y plataformas desarrolladas fuera de su territorio. Esa brecha es la que alimenta la acusación de “vasallaje” tecnológico, aunque el término sea más político que técnico. Más que una rendición formal, lo que existe es una relación de dependencia en varias capas críticas de la cadena de valor digital.
Bruselas no solo regula: también está invirtiendo y construyendo
Sería inexacto, sin embargo, presentar a la Unión Europea como un actor que únicamente produce normas. En los dos últimos años, Bruselas ha intentado reforzar su brazo industrial con varios programas de escala. En febrero de 2025, Ursula von der Leyen lanzó InvestAI, una iniciativa para movilizar 200.000 millones de euros en inversión en Inteligencia Artificial, incluidos 20.000 millones para gigafactorías de IA. La Comisión lo presentó como un impulso para crear infraestructura capaz de entrenar y desplegar modelos avanzados en suelo europeo.
A eso se suman las AI Factories impulsadas por EuroHPC. Según la Comisión, la Unión ya ha establecido 19 AI Factories y 13 AI Factory Antennas, y calcula que entre 2021 y 2027 la inversión conjunta de la Comisión, los Estados miembros y países asociados en supercomputación e instalaciones de IA alcanzará 10.000 millones de euros. España figura además entre los países elegidos para albergar estas capacidades, junto a otros socios comunitarios.
En semiconductores, el European Chips Act también forma parte de esa respuesta. La norma entró en vigor en septiembre de 2023 y, según la propia Comisión, debe traducirse en más de 43.000 millones de euros de inversión pública y en más de 100.000 millones de inversión total inducida hasta 2030, entre fondos públicos y privados. Su objetivo es reforzar el ecosistema europeo de chips, reducir dependencias externas y mejorar la resiliencia ante futuras crisis de suministro.
Es decir, Europa no está quieta. Está regulando, sí, pero también está intentando construir capacidad propia. El problema es que ese esfuerzo llega tarde frente a dos rivales que llevan años jugando otra partida. Estados Unidos ha consolidado una posición dominante en nube, modelos fundacionales, financiación y software. China, por su parte, ha apostado por una política industrial agresiva con apoyo estatal, escala de mercado y control creciente sobre tramos clave de hardware y cadena de suministro.
La gran pregunta: ¿puede Europa convertir sus valores en músculo?
La discusión de fondo no es si la UE debe dejar de regular. La regulación europea responde a prioridades reales: seguridad, derechos fundamentales, transparencia y control de riesgos. El AI Act, de hecho, se justifica precisamente en un enfoque basado en riesgo, con obligaciones mayores para los sistemas más sensibles y reglas específicas para modelos de propósito general. Bruselas defiende que quiere una IA segura y fiable, no una carrera sin frenos.
La cuestión más incómoda es otra: si esa superioridad normativa puede coexistir con una debilidad industrial prolongada. Draghi lo plantea con claridad al advertir de que Europa necesita acelerar la innovación, encontrar nuevos motores de crecimiento y recuperar terreno en tecnologías de frontera. Sin capacidad de cómputo, sin empresas de escala global, sin más capital paciente y sin infraestructuras propias en volumen suficiente, la regulación corre el riesgo de convertirse en un instrumento de influencia limitado, útil para arbitrar, pero insuficiente para dominar.
Eso no significa que la partida esté cerrada. Europa conserva activos muy relevantes: investigación científica, industria avanzada, talento, grandes mercados empresariales, capacidad normativa y un tejido de compañías industriales que sigue siendo competitivo en muchos sectores. Pero el tiempo de confiar en que las reglas bastan por sí solas parece haberse terminado. La nueva fase exige otra cosa: ejecutar más, invertir más rápido y asumir que la soberanía tecnológica no se decreta, se construye.
Preguntas frecuentes
¿Qué dijo exactamente The Economist sobre Europa y Estados Unidos?
La revista publicó un artículo titulado How Europe regulated itself into American vassalage, en el que sostiene que la dependencia europea respecto a empresas estadounidenses está ligada a años de sobrerregulación que han debilitado la competitividad de sus propias firmas.
¿La Unión Europea solo está regulando la Inteligencia Artificial?
No. Además del AI Act, la Comisión ha lanzado InvestAI para movilizar 200.000 millones de euros, impulsa 19 AI Factories y mantiene en marcha el European Chips Act, con más de 43.000 millones de euros de inversión pública prevista.
¿Cuándo será plenamente aplicable el AI Act europeo?
El AI Act entró en vigor el 1 de agosto de 2024 y, salvo excepciones, será plenamente aplicable el 2 de agosto de 2026. Algunas obligaciones para modelos de propósito general ya se aplican desde agosto de 2025.
¿Europa sigue teniendo margen para competir con Estados Unidos y China en IA?
Sí, pero el reto es grande. El informe Draghi sostiene que Europa todavía puede corregir el rumbo, aunque necesita acelerar innovación, inversión y productividad para recuperar peso en tecnologías avanzadas.








