listos.jpgComo seguramente habreis adivinado por mis propias palabras o mi inclinación a hablar de cuestiones tributarias mi trabajo habitual está relacionado con la asesoría fiscal lo que me lleva a tener empachos de trabajo y disgustos al menos cada tres meses cuando no antes. Que haya avalanchas de trabajo se puede calificar de normal, pasa en casi todas las profesiones, y llevarse algún mal trago también sobre todo si se trabaja cara al público. Tampoco es que me queje demasiado, sólo lo normal.

Sin embargo, parte de estos “disgustillos” provienen del que a su vez me toca darles a algunos de mis clientes por cuenta de Hacienda que es para quien realmente trabajo, no nos engañemos. A menudo, la factura fiscal sube considerablemente juntándose pagos de IVA, IRPF e Impuesto de Sociedades con lo que hay que aguantar las quejas de quienes soportan la carga de financiar al Estado sin que perciba un euro por ello, dicho sea de paso aunque asumo que va en el sueldo.

Si se desprende un halo de resignación en mis palabras se debe a que hay cosas en la vida que son irremediables pero tampoco es del todo así. Lo que me llega a molestar es la sempiterna figura del “listillo de la barra del bar” y que podríamos definir como aquel que se permite el lujo de poner su supuesta experiencia al servicio de meter cizaña. Suele ser ese que no sólo da consejos sino que además asevera que él, en este caso, no paga impuestos y que puesto en el lugar de mi cliente tampoco lo haría. Y no porque sea un evasor fiscal sino porque parece ser más listo que nadie.

Podríamos sacar como conclusión que este país está lleno de ricos, que nadie paga impuestos porque es fácil evitarlo sin caer en ningún delito supongo y que, desde luego, siempre hay alguien más listo que nosotros. En esto último estoy de acuerdo: siempre hay alguien más listo y, por supuesto, más tonto que uno mismo. Nada más lejos de la realidad como lo demuestra que en la revista Emprendedores (cuyo enlace relacionado os dejo más abajo) se deciden a aconsejar contra los disparates financieros de las personas de a pie. Por algo será.

El caso es que después de mucho trabajo con varios meses sobre la materia, la búsqueda incesante de soluciones y el apremio sobre el propio interesado para que pusiera en marcha los consejos oportunos, logramos ahorrarle a nuestro cliente una cantidad considerable en impuestos de manera legal a lo que “el listo de la barra del bar” replicó que él, en parecidas circunstancias, no pagaría absolutamente nada.

Y me temo que por muchos informes y cifras que hemos presentado, la idea que quedará en el consciente de nuestro cliente es que hay alguien que lo hace mejor aunque no se sepa cómo. Quizá porque sus prácticas son inconfesables. ¡Qué país!.

Enlace: Emprendedores.