Antonhy Woods es uno de los directores de Keystone Insurance, una de las compañías aseguradoras más importantes de Irlanda. Woods es famoso por su memoria, por ser un gran divulgador bien informado y por hacer de las anécdotas de su profesión una parte de sus amenas charlas de café.

Conozco una de sus batallitas que puede que les haga tanta gracia como a mí.

De paso, invito a los que lean estas líneas a reflexionar sobre la función perversa de quien hace de los instrumentos legales un patio para sus juegos de intereses y beneficios personales. La historia que voy a contar va de seguros contra incendios y es absolutamente real.

Todo comenzó cuando un abogado de Charlotte, en Carolina del Sur, allá por la segunda mitad del siglo XIX, compró una caja de cigarros, poco comunes y muy costosos.

El abogado decidió que, ya que eran tan valiosos, merecía la pena suscribir un seguro contra incendios. Lo hizo sin ningún problema. Una compañía de seguros decidió protegerlos con una póliza.

Al cabo de un mes, cuando se había fumado toda la caja. Presentó una reclamación por daños contra la compañía de seguros, porque los cigarros se habían perdido en varios incendios.

Los incendios eran los que había ocasionado él mismo para encenderlos y fumarlos. La compañía de seguros se negó a abonarle la reclamación, por supuesto.

Soprendentemente, el juez que vio el caso le dio la razón al abogado y la compañía de tabacos fue conminada a pagar 15.000 dólares de indemnización.

Pero los fabricantes de los cigarros no se quedaron con los brazos cruzados. Decidieron jugar al mismo juego que el abogado.

Interpusieron una demanda al abogado-fumador por protagonizar 24 incendios intencionados, uno por cada cigarro fumado.

Hubo sentencia y el abogado esta vez fue condenado a 24 meses de cárcel y a abonar 24.000 dólares a la compañía de tabacos por quemar intencionadamente una propiedad asegurada.

Por cierto, el abogado no había pagado la primera cuota de la póliza. Una circunstancia que hacía evidente los fines que perseguía.

Me pregunto que relación tendría el abogado con el primer juez que le fue favorable y cómo habían decidido repartirse las ganancias.

El ingenioso de Woods cierra siempre esta historia de tertulia de café, copa y sin puros, contando a sus clientes que su compañía jamás asegurará cigarros.