El principal resultado de las elecciones del 9M ha sido que los españoles, en una gran mayoría, han despreciado la propuesta económica del PP, liberal, casi de choque, para sortear estos tiempos de crisis, y muy en cambio han mostrado su confianza en el programa de Pedro Solbes, quien ve la desaceleración de la economía como una consecuencia secundaria y pasajera de las horas bajas de la economía estadounidense.

 
Los analistas creen que la victoria del PSOE estaba cantada, y que no influirá ni positiva ni negativamente en la jornada bursátil que inició hace algunas horas. Y, para sorpresa de los satisfechos socialistas y de las huestes derrotadas de Rajoy, pronostican tareas muy diferentes a los escenarios planteados por los publicistas de ambos partidos.

 
Gobierno y oposición se encuentran con un escenario inédito: una economía debilitada tras años de firme robustecimiento. Un escenario que involucra un crecimiento proyectado por debajo del 3%, bajos en el consumo interno, mercado inmobiliario congelado (con previsiones de contracción del -1,3%), una inflación prevista de más del 7%… Un paquete cuyas causas están muy lejos de las subprimes norteamericanas, como asegura Solbes, y que tampoco es una consecuencia de la inmigración desatada y el terrorismo, como postulaba Rajoy.

 
Una vez terminada la polarización electoral de la vida española, la tarea pendiente de ganadores y vencidos es sencilla pero hercúlea: trabajar juntos en fortalecer la economía española a los ojos del exterior, llamando a inversiones y promoviendo exportaciones que reactiven los flujos de mercado. Lejos, muy lejos, de inventar fantasmas o hacer llamados a una irresponsable tranquilidad.