Un dónut que costaba 0,35 euros hace dos décadas y hoy se vende por 2 euros, o aquel café de bar que se recuerda por menos de un euro y ahora aparece en muchas cartas claramente por encima de esa cifra, alimentan una sensación bastante extendida: el coste de la vida parece haber aumentado mucho más de lo que refleja el Índice de Precios de Consumo (IPC). La explicación no está en que el Instituto Nacional de Estadística (INE) esconda las subidas, sino en algo menos intuitivo: el IPC nunca ha pretendido medir cuánto se ha encarecido la vida concreta de cada persona.
Las claves de por qué el IPC no siempre coincide con el bolsillo en 20 segundos
- El IPC mide una cesta amplia y ponderada, no el precio del dónut, el café o la vivienda que cada persona recuerda.
- Desde 2020 los alimentos han subido bastante más que otras categorías, mientras información y comunicaciones se ha abaratado.
- Restaurantes y alojamiento también acumulan aumentos superiores al índice general.
- Comprar vivienda no forma parte del IPC como gasto de consumo, aunque el alquiler sí.
- Los ajustes de calidad existen, pero su funcionamiento es bastante más matizado de lo que suele afirmarse.
La comparación con productos cotidianos tiene una virtud: ayuda a entender por qué la inflación experimentada puede separarse mucho de la inflación media.
También encierra una trampa. Un dónut concreto que pasa de 0,35 a 2 euros habría aumentado un 471 %, no algo más del 500 %. Si llegara a 2,50 euros, la subida sería del 614 %. Son incrementos enormes, pero no pueden utilizarse directamente para demostrar que el IPC debería haber aumentado en la misma proporción. Para ello habría que verificar además que se compara exactamente el mismo producto, tamaño, establecimiento y tipo de servicio.
Con el café ocurre algo parecido. El precio de una taza en un bar depende de la ciudad, el establecimiento, la ubicación, el servicio y hasta del momento del día. No existe un único «precio del café español». Lo relevante es que el propio IPC sí recoge las consumiciones realizadas en bares y cafeterías, incluido el café. La clasificación estadística del INE contempla expresamente los servicios de alimentación suministrados por bares y cafeterías y las consumiciones de café, infusiones y similares.
El café del bar, por tanto, no está desapareciendo de las estadísticas. Su subida simplemente comparte índice con cientos de otros bienes y servicios.
El IPC no representa a una persona: representa el consumo agregado
El primer error habitual consiste en interpretar el IPC como si fuese el presupuesto de un hogar concreto.
No funciona así.
El IPC español mide la evolución de los precios de los bienes y servicios consumidos por los hogares. Con la base 2025, el INE trabaja con 13 grandes grupos, 45 subgrupos, 108 clases y 196 subclases, además de recoger aproximadamente 200.000 precios mensuales de artículos mediante establecimientos, internet, teléfono, correo electrónico y datos de escáner.
Cada categoría tiene un peso distinto.
En 2026, por ejemplo, alimentación y bebidas no alcohólicas representan el 17,41 % de la cesta. Transporte supone un 15,47 %. Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles pesa un 12,26 %. Y restaurantes y servicios de alojamiento, donde se encuentran buena parte de las consumiciones realizadas fuera de casa, alcanza un 17,03 %.
Esto produce una consecuencia inevitable: nadie consume exactamente como el IPC.
Una persona que dedica una proporción elevada de sus ingresos al alquiler, alimentación, electricidad y transporte puede experimentar una inflación diferente de otra que tiene una vivienda pagada, trabaja desde casa y dedica más dinero a tecnología, comunicaciones y ocio.
Y los últimos años ofrecen un ejemplo muy claro.
Entre enero de 2020 y enero de 2026, los precios de alimentación y bebidas no alcohólicas aumentaron un 38,5 %, según el INE. Restaurantes y servicios de alojamiento subieron un 28,4 %.
Mientras tanto, información y comunicaciones cayó un 2,3 %.
La media combina todo.
El consumidor, en cambio, recuerda especialmente aquello que compra con frecuencia.
Un ordenador puede comprarse cada cinco años. El café puede pagarse cinco veces por semana.
Aunque ambos formen parte de la cesta, psicológica y económicamente no se perciben igual.
El café y el dónut explican mejor la sensación de inflación de lo que parece
Aquí aparece otro elemento importante: la frecuencia de compra.
El precio de un café se observa constantemente. También el del pan, la leche, la fruta, el combustible o un desayuno.
Cada aumento queda rápidamente registrado por el consumidor.
Hay otros precios que pueden evolucionar mucho menos o incluso disminuir en términos relativos, pero que se comprueban con mucha menor frecuencia. El propio INE muestra hasta qué punto las categorías pueden separarse: entre abril de 2008 y abril de 2026, alimentación y bebidas no alcohólicas aumentaron un 59 %, mientras información y comunicaciones descendió un 25,6 %. Restaurantes y alojamiento avanzaron un 53,1 %.
Esto permite entender la aparente contradicción.
Una persona puede estar pagando mucho más por desayunar fuera, hacer la compra o determinados servicios y, simultáneamente, disfrutar de telecomunicaciones y productos tecnológicos que ofrecen prestaciones enormemente superiores a las de hace veinte años.
El IPC intenta combinar ambos mundos.
El bolsillo cotidiano tiende a fijarse más en el primero.
Además, la inflación no se distribuye únicamente por productos. También existen diferencias geográficas, de renta y de hábitos de consumo. El café de una pequeña localidad y el de una zona turística del centro de Madrid no tienen por qué haber seguido la misma trayectoria.
Por eso utilizar el precio de un producto concreto como «IPC alternativo» tampoco resolvería el problema.
Los ajustes de calidad existen, pero no significan que el INE ignore las subidas
Uno de los argumentos más repetidos contra los índices de precios es el llamado ajuste hedónico.
La idea de fondo es correcta: un índice debe distinguir entre una subida de precio y una mejora del producto.
Imaginemos un ordenador que costaba 1.000 euros y es sustituido por otro de 1.200 euros con el doble de memoria, procesador más rápido y mayor almacenamiento.
Registrar simplemente una inflación del 20 % ignoraría que no se está comparando exactamente el mismo producto.
El INE utiliza diferentes métodos para tratar estos cambios de calidad. Su metodología contempla el ajuste total de calidad, el ajuste por calidad idéntica, precios de opciones, información de expertos, precios de solapamiento, imputaciones y modelos hedónicos, entre otros procedimientos.
Pero aquí conviene corregir una simplificación habitual.
El IPC español no aplica indiscriminadamente un modelo hedónico a todos los productos.
El propio INE señala que los procedimientos utilizados principalmente son los precios de solapamiento, información proporcionada por expertos, precios de imputación y ajuste por calidad idéntica. Los modelos hedónicos son una de las herramientas disponibles para determinadas situaciones, no una operación automática que reste supuestas mejoras a cualquier coche, teléfono o electrodoméstico.
La distinción sigue teniendo una consecuencia económica interesante.
El consumidor puede obtener un producto objetivamente mejor, pero si la versión económica que compraba hace diez años ha desaparecido, su desembolso mínimo para acceder al producto puede haber aumentado considerablemente.
El índice de precios y la asequibilidad no son exactamente la misma variable.
La sustitución tampoco funciona como suele contarse
También merece matizarse la idea de que el IPC simplemente asume que, si sube el aceite de oliva, el consumidor compra girasol y así desaparece parte de la inflación.
El IPC español utiliza un índice de Laspeyres encadenado y actualiza sus ponderaciones periódicamente. En la base 2025, las ponderaciones tienen como referencia el año anterior y utilizan principalmente información de Contabilidad Nacional, complementada por la Encuesta de Presupuestos Familiares (EPF).
Eso significa que los cambios reales de los patrones de gasto terminan modificando la composición y el peso de la cesta.
Pero no equivale a que, dentro del cálculo mensual, cada subida de un producto se sustituya automáticamente por otro más barato.
La sustitución de artículos también aparece en la metodología cuando un producto desaparece del mercado o es reemplazado por otro. En tecnología, por ejemplo, el INE presta atención al momento en que los modelos nuevos sustituyen a los anteriores porque mantener artificialmente un artículo que está desapareciendo podría distorsionar el índice.
La crítica más interesante no es, por tanto, que el IPC «oculte» una pérdida de calidad mediante sustituciones automáticas.
Es que una cesta agregada cambia con el comportamiento agregado de los consumidores, mientras una persona concreta puede querer seguir comprando exactamente los mismos productos.
Y esas dos experiencias pueden divergir.
La vivienda es donde la discusión se vuelve mucho más importante
La vivienda merece un tratamiento separado porque aquí sí existe una diferencia conceptual capaz de alejar mucho el IPC de la percepción del coste de la vida.
El alquiler sí está dentro del IPC.
El INE mantiene una muestra específica de viviendas arrendadas y obtiene periódicamente información de los propios inquilinos. El precio considerado es el alquiler sin incluir los gastos comunitarios.
La compra de vivienda es diferente.
El IPC mide consumo y una vivienda adquirida en propiedad tiene también consideración de activo. Por eso el precio de compra de una casa no entra directamente en el IPC como lo hace una barra de pan o un café.
El INE publica para ese mercado otro indicador, el Índice de Precios de Vivienda (IPV), elaborado a partir de registros administrativos y con información que cubre más del 95 % de las compraventas realizadas en cada trimestre.
Esta diferencia metodológica es importante para una persona que intenta comprar su primera vivienda.
Puede encontrarse con que su salario y el IPC han seguido una trayectoria relativamente contenida mientras el precio de entrada al mercado inmobiliario de su ciudad ha avanzado mucho más.
Desde el punto de vista estadístico no existe contradicción: IPC y precio de los activos están midiendo cosas diferentes.
Desde el punto de vista de quien necesita 80.000 euros para la entrada de una vivienda que antes requería 30.000, la distinción ofrece poco consuelo.
Eurostat mantiene precisamente estadísticas específicas para precios de vivienda y vivienda ocupada por sus propietarios, separadas de los índices convencionales de precios de consumo.
Entonces, ¿el IPC se queda corto?
La respuesta más rigurosa es: depende de qué se quiera medir.
Si la pregunta es cuánto ha cambiado el nivel general de precios de consumo de los hogares españoles, el IPC es una herramienta estadística construida precisamente para responderla. No tiene sentido sustituir cientos de miles de observaciones por la memoria del precio de un dónut.
Pero si la pregunta es cuánto se ha encarecido la vida de una familia concreta, el IPC nacional puede quedarse corto o pasarse.
Una familia que alquila, tiene hijos, utiliza diariamente el coche y destina gran parte de sus ingresos a alimentación puede haber experimentado una evolución muy distinta de la de un hogar propietario sin hipoteca y con otra estructura de consumo.
Existe además otra diferencia que las estadísticas de inflación no pueden resolver: precios y salarios son variables distintas.
Aunque el IPC aumentase exactamente un 50 %, una persona cuyo sueldo hubiese crecido un 20 % habría perdido poder adquisitivo. Otra cuyo salario hubiese aumentado un 80 % habría mejorado su situación, aunque ambas afrontasen exactamente los mismos precios.
Por eso para analizar realmente el coste de la vida conviene observar conjuntamente IPC, salarios, renta disponible, alquileres, precios inmobiliarios y estructura de gasto.
El dónut y el café del bar siguen siendo ejemplos útiles.
No porque demuestren que el IPC esté equivocado, sino porque muestran algo que un índice agregado nunca podrá evitar: la inflación que más se recuerda suele ser la de aquello que se paga continuamente y con el propio bolsillo.
Y cuando el desayuno de 1 euro acaba acercándose a 3, la experiencia personal puede resultar bastante más contundente que cualquier promedio nacional.
Preguntas frecuentes
¿El café que se toma en un bar está incluido en el IPC?
Sí. El INE incluye las consumiciones realizadas en bares y cafeterías dentro de los servicios de restauración y contempla específicamente café, infusiones y bebidas similares.
¿El alquiler de vivienda forma parte del IPC?
Sí. El INE recoge precios de una muestra de viviendas alquiladas y los incorpora al índice. Lo que no se incorpora directamente como consumo es el precio de compra de una vivienda en propiedad.
¿Por qué puede una persona notar más inflación que la publicada por el INE?
Porque su patrón de gasto puede ser diferente del utilizado para construir el índice agregado. Si concentra más presupuesto en categorías que han subido por encima de la media, su inflación personal será superior.
¿El INE descuenta las mejoras de calidad de los productos?
El IPC dispone de diferentes procedimientos para separar cambios de calidad de variaciones puras de precio. Los modelos hedónicos son uno de ellos, pero el INE utiliza principalmente otros métodos según el tipo de artículo y la información disponible.
vía: LinkediN









