Si los economistas saben tanto, ¿por qué no son ricos? La respuesta incómoda de los mercados

La pregunta suena a chascarrillo de sobremesa, pero encierra una crítica que se repite cada vez que el debate público se llena de pronósticos fallidos, crisis inesperadas o burbujas que nadie “vio venir”. Si los economistas aseguran entender cómo funciona el dinero, el crecimiento, la inflación y los incentivos… ¿por qué no aparecen en masa en las listas de grandes fortunas?

La explicación, cuando se baja al terreno financiero real, es menos ofensiva de lo que parece: la economía es una ciencia social que ayuda a describir sistemas complejos, mientras que hacerse rico invirtiendo exige competir bajo incertidumbre, gestionar riesgo y sobrevivir a los errores. Y ahí, incluso un modelo brillante puede ser inútil si llega tarde, se apalanca demasiado o ignora el factor humano.

Economía no es “invertir”: entender el clima no te hace buen piloto

La economía trabaja con agregados: tendencias, relaciones históricas, mecanismos de transmisión. El inversor, en cambio, opera con decisiones concretas: qué comprar, cuándo, cuánto, con qué horizonte, con qué coste y bajo qué límite de pérdidas. El economista suele explicar el “clima”; el inversor necesita aterrizar un avión con turbulencias.

Además, en mercados líquidos y muy seguidos, mucho conocimiento ya está descontado en el precio. Convertir una idea económica en dinero suele requerir una ventaja adicional: mejor ejecución, menor coste, acceso a flujo, paciencia, disciplina y una tolerancia a la volatilidad que no se enseña en un aula.

El peaje del riesgo: tener razón no basta si quiebras antes

Los modelos pueden ser correctos “en promedio” o “en el largo plazo”, pero el mercado puede moverse en contra durante meses o años. Y lo que mata a un inversor no es equivocarse: es equivocarse con apalancamiento, o quedarse sin liquidez en el peor momento.

Ese es el corazón de uno de los episodios más citados cuando se cuestiona la “superioridad” académica aplicada a la bolsa: Long-Term Capital Management (LTCM).

LTCM: cuando el Excel es perfecto y el mundo no coopera

LTCM se convirtió en el símbolo de que un enfoque extremadamente sofisticado no garantiza supervivencia. El fondo contaba, entre otros, con Myron Scholes y Robert C. Merton, galardonados con el Nobel por sus contribuciones a la valoración de derivados. Su tesis central —simplificando— buscaba capturar pequeñas ineficiencias y convergencias de precios con posiciones enormes. El problema es que, cuando el régimen cambia, la convergencia se puede convertir en divergencia… y el tamaño de la apuesta deja de ser una virtud.

Tras la crisis rusa y el estrés financiero de 1998, el riesgo sistémico fue lo bastante serio como para desencadenar una solución coordinada: un consorcio de entidades privadas realizó una inyección de capital de alrededor de 3.500 millones de dólares para estabilizar la situación, en una operación impulsada desde la Reserva Federal de Nueva York para evitar un contagio mayor.

El mensaje que dejó LTCM no fue “los economistas no sirven”, sino otro más incómodo: en finanzas, el modelo no solo debe ser bueno; debe ser robusto a escenarios raros, cambios de correlación y shocks políticos. Y, aun así, puede fallar.

El mercado es psicológico: incluso los genios caen

Otro motivo por el que “saber” no se traduce en riqueza automática es que el mercado no es una ecuación. Es una interacción humana donde expectativas, miedo, euforia y narrativa mandan en el corto plazo. Quien esté dentro —economista o no— no se libra de sesgos.

Newton y la Burbuja de los Mares del Sur: la lección eterna

El caso de Isaac Newton se menciona precisamente porque es brutal: si alguien podía “calcular” el mundo, era él. Aun así, se vio atrapado por la dinámica de una burbuja. Existen relatos ampliamente difundidos que indican que Newton salió con ganancias, volvió a entrar al ver cómo el precio seguía subiendo y terminó sufriendo pérdidas cuantiosas; algunas estimaciones sitúan la pérdida alrededor de 20.000 libras de la época, que en equivalencias modernas pueden rondar varios millones según el método de cálculo.

Más allá del número exacto, el punto es claro: la presión social y la oportunidad perdida son fuerzas financieras. Y contra eso no basta con ser inteligente.

Incentivos y carrera: muchos economistas no quieren (ni necesitan) jugarse el patrimonio

La pregunta también falla por un detalle práctico: el economista medio optimiza por otras cosas. Reputación, estabilidad, docencia, investigación, consultoría, política pública. Entrar a mercados con capital significativo exige asumir volatilidad, aguantar periodos de pérdidas y, a menudo, convivir con la idea de que tu mejor análisis puede tardar demasiado en materializarse.

Y hay un elemento aún más terrenal: para “ser rico” hace falta capital inicial y tiempo de composición. Un profesional puede ser brillante y, aun así, no acumular patrimonio al nivel que exige una lista de multimillonarios.

Sí hay economistas que se hicieron ricos: pero lo lograron con algo más que teoría

El relato de “ningún economista se hace rico” también es incompleto. Algunos sí lo han conseguido, pero no por saber definiciones, sino por convertir conocimiento en método, gestión de riesgo y paciencia.

Keynes, el inversor: menos predicción macro, más selección y largo plazo

John Maynard Keynes es un ejemplo especialmente valioso porque su éxito como inversor no encaja con el estereotipo del “académico distante”. Con el tiempo, Keynes fue abandonando el enfoque más táctico y terminó defendiendo una política de inversión más estable y centrada en compañías concretas. Según una referencia histórica citada en Financial Times, entre 1931 y 1946 su enfoque llegó a lograr una rentabilidad anual del 16,7%, frente a un 7,3% del índice de referencia en ese periodo.

La moraleja no es que Keynes “ganara por ser Keynes”, sino que cambió su forma de actuar: menos rotación, menos adivinación de ciclos, más convicción y horizonte.

Ricardo y el oficio del mercado

También existen antecedentes de economistas que primero fueron operadores o intermediarios y luego teóricos. En esos casos, la riqueza vino tanto de su comprensión como de su participación directa en los mercados y sus mecánicas: spreads, liquidez, arbitraje, disciplina. La dirección de la causalidad importa: a veces no es “teoría → dinero”, sino “mercado → teoría”.

Entonces… ¿qué hace rico a alguien en mercados?

Una respuesta honesta, y muy poco romántica, sería esta: lo que enriquece en finanzas no es “saber economía”, sino tener una ventaja explotable y sobrevivir el tiempo suficiente para capitalizarla. Eso suele incluir:

  • Gestión del riesgo (tamaño de posición, límites de pérdidas, diversificación real).
  • Control del apalancamiento (cuando el apalancamiento es alto, la estadística deja de ser tu amiga).
  • Disciplina conductual (no comprar por FOMO ni vender por pánico).
  • Costes y ejecución (comisiones, spreads, deslizamiento, fiscalidad).
  • Horizonte y paciencia (muchas ventajas solo existen a largo plazo).
  • Acceso (datos, infraestructura, flujo, oportunidades no obvias).

Por eso, el economista que “sabe mucho” no necesariamente será rico: puede ser excelente explicando el sistema, pero no estar optimizado —ni emocional ni profesionalmente— para competir en un entorno donde los errores se pagan con dinero real.

Y esa es, probablemente, la respuesta más incómoda: la economía ayuda a entender el tablero; hacerse rico exige ganar partidas concretas en condiciones que cambian, con rivales que también aprenden.

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