Se suceden los informes y evidencias de algo en principio obvio pero no por ello menos aterrador: la suba de los alimentos es un hecho especulativo y no un fruto de la evolución natural de los mercados. La culpa de una crisis alimentaria de niveles catastróficos no obedece tanto a las nuevas clases emergentes de China, la India y Brasil, como a un un mercado que huye de la desastre hipotecaria y mueve sus fichas hacia las materias primas.

Muestra de ellos es el componente cultural de los incrementos en los precios, y no hay un ejemplo tan claro al respecto como las subas que el arroz ha experimentado en sus precios internacionales. Colombia rechaza vender parte de su generosa cosecha, en los Wal-Mart estadounidenses se limita su venta, Nicaragua (que hasta el semestre pasado ofrecía el grano al precio más bajo del mundo) estudia una subida del 50% en el precio por tonelada…

Proteccionismo y especulación alrededor del grano blanco, en ningún caso por desabastecimiento. Presiones inflacionarias urdidas alrededor de la demanda oriental de esta especie de arroz.

Lo curioso y alarmante es que la suba sólo afecta al arroz blanco(Orzya sativa), y no a las variedades africanas, de grano oscuro y más contenido nutricional. Ese arroz es aún económico y no imperan restricciones internacionales para su compra y distribución.

Algo similar a lo que ocurre con el aceite de girasol, cuyo precio se ha disparado ante la emergencia de esta flor como componente de biocombustibles, y que ha dejado como una opción más económico al tan saludable y meditarráneo aceite de oliva.

La crisis de alimentos podría (véase por donde) ayudarnos a comer mejor.