La empresa sigue en su evolución una serie de fases parecidas a las del ciclo de vida del producto: emergente, crecimiento, estabilidad y crisis. En función del ciclo de vida, hay que adaptar la estrategia de tal forma que habrá tanto un crecimiento interno como uno real.

El crecimiento interno es el crecimiento que realiza la empresa por medio de la inversión en su propia estructura, aumentando la capacidad de producción. Es la forma más natural de crecimiento de las organizaciones. Con este crecimiento se puede adquirir más tecnología, desarrollar la empresa hacia otros sectores y también poder ampliar la empresa.

Por su parte, el crecimiento externo se produce por la fusión (dos empresas se unen entre sí formando una tercera conjunto de ambas), absorción (cuando solo se coge una parte de una segunda empresa, y la otra parte de esa empresa sigue en mantenimiento), adquisición (A se hace accionista mayoritario y tiene el control de las acciones de B, aunque cada empresa siga su rumbo de trabajo. Es decir, se hace lo que A dice, aunque ambas actúan con autonomía) o asociación de una empresa con otra que estaba en funcionamiento.

Este tipo de crecimiento es más rápido y tiene menor riesgo porque no se parte de cero. Reduce la competencia y hay mayor facilidad de financiación así como ventajas fiscales.

Sin embargo, también tiene una serie de inconvenientes importantes como problemas económicos a la hora de elegir a los trabajadores que se quedan, problemas culturales y organizativos, puesto que ahora hay más personas para tomar la decisión, cuesta más y hay un coste de reestructuración, y puedes encontrarte con una respuesta legal por parte de la competencia invalidando ese crecimiento externo.