La vivienda no solo necesita más suelo: también una reforma fiscal seria

El debate de la vivienda en España suele moverse entre dos explicaciones principales: falta suelo disponible y los trámites urbanísticos son demasiado lentos. Ambas son ciertas. Pero quedarse ahí deja fuera una parte importante del problema. La vivienda también soporta una carga fiscal acumulada que encarece la compra, desincentiva parte de la inversión y acaba trasladándose, directa o indirectamente, al precio final.

Un estudio reciente del economista Jaume Menéndez Fernández, presentado en Fedea, ha vuelto a poner cifras a esa presión fiscal. Según el análisis, los impuestos asociados a la promoción, compra, tenencia y transmisión de una vivienda pueden superar el 62 % de su precio de adquisición a lo largo de todo su ciclo económico. La cifra no significa que el comprador pague de golpe ese porcentaje el día de la escritura, sino que la vivienda es gravada una y otra vez durante su vida útil: al construirse, al comprarse, al mantenerse y al transmitirse.

El dato debería abrir una conversación más madura. La política de vivienda no puede depender solo de construir más, intervenir precios o anunciar avales públicos. También exige revisar qué impuestos se aplican, cuándo se aplican y qué efecto tienen sobre la oferta y sobre el acceso de las familias.

Comprar una vivienda empieza con una barrera fiscal muy alta

Para muchas familias, el primer obstáculo no es solo encontrar una vivienda a un precio razonable. Es reunir el ahorro inicial necesario para comprarla. A la entrada hipotecaria, normalmente cercana al 20 % del precio si no hay financiación adicional, se suma una carga fiscal relevante: IVA en vivienda nueva o Impuesto de Transmisiones Patrimoniales en vivienda usada, además de otros costes asociados a la operación.

En España, ese 10 % adicional en impuestos y gastos puede dejar fuera a hogares solventes que podrían pagar una cuota mensual, pero no consiguen acumular el ahorro inicial. Esta barrera afecta especialmente a jóvenes y familias de rentas medias, que no siempre encajan en programas de ayuda, pero tampoco pueden asumir la entrada y la fiscalidad de golpe.

Por eso una parte del debate fiscal se centra en la primera vivienda habitual. Si una persona compra la vivienda en la que va a vivir, no parece razonable tratar esa operación igual que una compra puramente patrimonial o especulativa. Rebajar o eliminar temporalmente determinados impuestos en la adquisición de primera vivienda habitual, al menos bajo límites de renta y precio, podría mejorar el acceso sin convertir la medida en una ayuda indiscriminada.

La propuesta presentada en el entorno de Fedea apunta en esa dirección: reducir el IVA de la primera vivienda al 4 % o 5 %, condicionar beneficios a criterios de renta y revisar la fiscalidad que recae sobre el mercado residencial. Es una vía más prudente que suprimir impuestos sin filtros, pero reconoce una realidad evidente: si se encarece la puerta de entrada, se reduce el número de familias que pueden entrar.

No se trata de recaudar menos, sino de gravar mejor

La vivienda paga impuestos en muchas fases. En la promoción intervienen tributos sobre suelo, construcción, actividad económica y valor añadido. En la compra aparecen IVA o ITP, AJD y gastos vinculados a la formalización. Durante la tenencia se suman IBI, tasas municipales, posibles impuestos patrimoniales y tributación de rentas imputadas o alquileres. En la transmisión aparecen IRPF por ganancias patrimoniales, plusvalía municipal y, en algunos casos, sucesiones o donaciones.

El problema no es que la vivienda no deba contribuir al sostenimiento del gasto público. Debe hacerlo. El artículo 31.1 de la Constitución establece que todos contribuirán de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo, inspirado en igualdad y progresividad, y sin alcance confiscatorio. La cuestión es si el diseño actual mide bien esa capacidad económica o si acumula impuestos sobre el mismo bien hasta distorsionar decisiones básicas.

Un ejemplo claro está en las ganancias patrimoniales. Desde la desaparición general de los coeficientes de actualización monetaria, una venta puede tributar por una ganancia que en parte se explica por inflación y no por una mejora real de riqueza. Si alguien compra una vivienda, la conserva durante muchos años y la vende después, una parte de la subida nominal puede responder simplemente a la pérdida de valor del dinero. Gravar esa diferencia como si toda fuera ganancia real genera un problema de justicia tributaria.

También merece revisión la vivienda habitual durante la tenencia. El Impuesto sobre el Patrimonio, allí donde se aplica, mantiene un mínimo exento para la vivienda habitual hasta 300.000 euros, pero ese umbral puede haber quedado desfasado en determinados mercados. En ciudades donde los precios han subido mucho, una vivienda familiar puede superar esa referencia sin que su propietario sea realmente más líquido ni tenga más capacidad económica inmediata.

La oferta también depende de la seguridad jurídica

La fiscalidad no explica por sí sola la crisis de vivienda. Hay falta de suelo finalista, rigidez urbanística, escasez de vivienda asequible, encarecimiento de materiales, costes financieros, presión demográfica en determinadas ciudades y cambios en la demanda. Pero si se quiere aumentar la oferta, la seguridad jurídica del arrendador también debe entrar en la conversación.

Muchos propietarios no ponen viviendas en alquiler porque temen impagos, ocupaciones conflictivas, deterioros, demoras judiciales o una normativa que perciben cambiante e incierta. Puede haber casos exagerados, pero el miedo existe y condiciona decisiones reales. Cuando un propietario decide dejar una vivienda vacía, venderla o destinarla a otro uso, la oferta de alquiler se reduce.

Proteger al inquilino vulnerable es necesario. Pero esa protección no debería construirse sobre la inseguridad del pequeño arrendador. Un sistema equilibrado tendría que combinar ayudas directas a quienes no pueden pagar, procedimientos rápidos ante incumplimientos graves, seguros o garantías eficaces, mediación y reglas estables. Si el alquiler se percibe como una actividad de alto riesgo, habrá menos viviendas en el mercado.

Ahí también falla muchas veces el debate público. Se habla de grandes tenedores, fondos y precios tensionados, pero una parte muy relevante del alquiler en España está en manos de particulares. Sin ellos, no hay mercado suficiente.

La vivienda protegida no debería convertirse en premio patrimonial

Otra pieza delicada es la vivienda protegida. Su objetivo debería ser claro: facilitar vivienda a quien la necesita, no crear plusvalías privadas financiadas indirectamente por el conjunto de contribuyentes. Por eso conviene revisar el modelo de VPO que permite comprar barato y vender más adelante con una ganancia importante cuando desaparecen las limitaciones o cuando el control público se relaja.

Una alternativa razonable sería reforzar modelos en los que la vivienda protegida, si se transmite, vuelva a la Administración o a un parque público a un precio regulado, actualizado por inflación y por las mejoras justificadas. Así se preserva el destino social del inmueble y se evita que una ayuda pública acabe convertida en una ganancia patrimonial privada.

Lo mismo ocurre con los alquileres protegidos. Deben servir a personas que cumplen requisitos reales de necesidad, pero esos requisitos deberían revisarse periódicamente. Si la situación económica del beneficiario cambia de forma sustancial, el sistema debe poder adaptarse. No parece razonable que una renta bonificada pueda trasladarse durante años o incluso generaciones sin control suficiente.

El dinero público es limitado. Precisamente por eso debe administrarse con rigor.

Una reforma integral, no un parche más

España necesita más vivienda, más rapidez administrativa y más seguridad jurídica. Pero también necesita una fiscalidad menos contradictoria. No tiene sentido decir que la vivienda es una prioridad social y al mismo tiempo gravarla de forma acumulativa en cada fase de su ciclo económico sin medir bien los efectos.

Una reforma razonable debería perseguir cuatro objetivos: facilitar el acceso a la primera vivienda habitual, aumentar la oferta de alquiler, proteger al arrendador cumplidor y asegurar que la vivienda protegida siga cumpliendo una función social. Eso no exige eliminar toda tributación, sino rediseñarla.

La vivienda no puede ser solo una fuente de recaudación cómoda para Estado, comunidades autónomas y ayuntamientos. Es también un bien básico, un activo familiar, una inversión de largo plazo y una condición material para que muchas personas puedan formar un hogar.

La pregunta política es incómoda: ¿qué administración está dispuesta a renunciar a parte de sus ingresos a corto plazo para desbloquear oferta y acceso a medio plazo? Ahí está buena parte del problema. Todos dicen querer vivienda asequible, pero pocos quieren revisar los impuestos que encarecen el camino hasta ella.

La reforma fiscal de la vivienda no resolverá sola la crisis. Pero sin ella, cualquier plan llega incompleto.

Preguntas frecuentes

¿La vivienda soporta realmente más de un 60 % de impuestos?
El estudio de Jaume Menéndez Fernández sostiene que la carga fiscal acumulada a lo largo del ciclo económico de una vivienda puede superar el 62 % de su precio de adquisición, sumando promoción, compra, tenencia y transmisión.

¿Eliminar impuestos bajaría automáticamente el precio de la vivienda?
No de forma automática. Dependería de la oferta, la demanda y el mercado local. Pero reducir cargas en la primera vivienda habitual puede aliviar la barrera inicial de acceso.

¿Por qué es importante proteger al arrendador?
Porque si los propietarios perciben alto riesgo de impago, ocupación o inseguridad jurídica, pueden retirar viviendas del alquiler. Eso reduce oferta y presiona precios.

¿Qué debería cambiar en la vivienda protegida?
Debería reforzarse su función social. Una opción es que, al venderse, vuelva al parque público o se transmita a precio regulado, actualizado por inflación, para evitar plusvalías privadas financiadas con ayudas públicas.

¿La fiscalidad es la única causa del problema de vivienda?
No. También influyen suelo, urbanismo, costes de construcción, financiación, demanda, empleo y demografía. Pero la fiscalidad es una pieza importante y muchas veces menos debatida.

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