Mientras se debate si Bin Laden murió a causa de un tiroteo en su lujosa casa de Abbottabad (Pakistán) o si lo que le ha terminado de matar, diez años después de los atentados contra las torres gemelas, fue un exceso de Photoshop, lo cierto es que la noticia del abatimiento del líder de Al Qaeda va a tener sus secuelas financieras.

Más allá del temor que van a desatar las amenazas de los seguidores del islamista extremo, y que seguramente van a ser un duro golpe a las aerolíneas debido a una recrudecimiento en las medidas de seguridad, con el costo que implican, y una disminución en el número de los pasajeros, con la presión sobre el turismo, la primer consecuencia de la muerte de Bin Laden y el funeral vikingo que le deparó los servicios de inteligencia norteamericanos, es una depresión en el precio del petróleo.

¿Los especuladores ven la muerte del líder de Al Qaeda como el principio de una pacificación del Medio Oriente y el inicio de políticas de entrega de combustible más cooperativas? Eso parece: de ayer al día de hoy, las variedades de Texas y Brent perdieron los cuatro y tres dólares que habían ganado en las últimas dos semanas en su  precio por barril.

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