Una de las noticias que ha  pasado como de puntillas en la prensa española (al menos, muy por debajo del escándalo de Justin Bieber) es la de las nuevas exigencias de solvencia, una de las medidas más aplaudidas en las últimas reuniones de emergencia de Bruselas (esas mismas donde se acordaron medidas para reducir la deuda griega… la de ese mismo país que ahora está más acéfalo que muchas de sus célebres esculturas).

Creemos que este asunto del ratio merece una revisión más a fondo, pues aunque los entusiastas de siempre (contando entre ellos a las calificadoras de riesgos allende la mar océano, para las que a solidez de las bancas europea es un tema que no se creen, acostumbradas como están a apostar por instituciones que promueven la quiebra de países enteros, como las islandesas) aplauden este “castigo” a la banca…

Sin embargo, el castigo va a filtrarse hasta esa capa que ya viene siendo costumbre aguante la respiración cuando el aguacero aprieta: los usuarios y aspirantes del crédito.

Y es que con las nuevas demandas de un 9% de ratio de solvencia, los bancos españolas van a vender activos, y a cuidar sus balances… Lo que va a significar (si cabe) una mayor cautela.

La cautela, en términos bancarios, se traduce en una mayor restricción del crédito, un aumento de sus requisitos, una disminución de sus concesiones… Si, después del 20-N, no se abre el grifo.

 

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